Un viaje filosófico
La Odisea. El largo aprendizaje de volver a casa.
Resulta difícil encontrar una obra literaria que haya ejercido una influencia tan profunda sobre nuestra manera de entender el mundo como La Odisea. Han transcurrido casi tres mil años desde que Homero puso por escrito —o, mejor dicho, fijó por escrito una tradición oral mucho más antigua— la historia del regreso de Ulises a Ítaca. Desde entonces, filósofos, escritores, pintores, músicos y cineastas han vuelto una y otra vez a ese poema buscando respuestas. No porque en él aparezcan monstruos, hechiceras o dioses caprichosos, sino porque bajo el relato de un viaje marítimo se esconde una de las reflexiones más lúcidas que jamás se han escrito sobre la condición humana.
El reciente éxito de la película de Christopher Nolan ha vuelto a colocar La Odisea en el centro de la conversación cultural. Millones de personas han descubierto o redescubierto a Ulises. Sin embargo, sospecho que seguimos acercándonos al poema con la misma mirada con la que nos aproximábamos cuando éramos niños. Recordamos al cíclope Polifemo, las sirenas, Circe, Calipso o el caballo de Troya —que, por cierto, ni siquiera aparece en La Odisea, sino que pertenece a otra tradición épica—, pero olvidamos lo verdaderamente importante: Homero nunca escribió una novela de aventuras. Escribió una meditación sobre el ser humano.
La guerra de Troya ha terminado cuando comienza el poema. Aquiles ha muerto y los grandes héroes regresan a sus hogares. Sería lógico pensar que el relato termina con la victoria sobre los troyanos. Sin embargo, Homero sitúa ahí el verdadero comienzo. Porque ganar una guerra quizá sea difícil; aprender a vivir después de ella lo es mucho más.
Ulises tarda diez años en recorrer un trayecto que, en condiciones normales, habría requerido apenas unas semanas. La geografía nunca fue el verdadero problema. El viaje no se alarga porque el Mediterráneo sea inmenso, sino porque el protagonista necesita transformarse antes de estar preparado para volver a casa.
Y esa es la primera gran lección del poema.
Nadie regresa siendo el mismo que se fue.
Los griegos distinguían entre la fuerza física y otra forma de inteligencia mucho más compleja, a la que llamaban mētis. Era la inteligencia del estratega, del navegante, del político, del artesano; la capacidad de adaptarse a las circunstancias, de comprender al adversario, de encontrar una solución cuando todas las demás parecían imposibles. Aquiles representa la fuerza. Ulises representa la mētis. No es el héroe invencible. Es el hombre que sobrevive porque piensa.
No es casualidad que la cultura griega eligiera precisamente a Ulises para protagonizar el gran relato del regreso. Con él nace un tipo de héroe extraordinariamente moderno: alguien que vence menos por la espada que por la inteligencia.
Cada episodio del viaje funciona como una parábola.
Los lotófagos ofrecen el olvido. Quien prueba el loto pierde el deseo de regresar. Homero comprende que la memoria no consiste únicamente en recordar el pasado; consiste también en saber quiénes somos. Sin memoria no existe identidad.
Polifemo representa la fuerza desprovista de civilización. Vive al margen de las leyes de la hospitalidad, uno de los pilares de la cultura griega. La xenía, el deber de acoger al extranjero, no era una simple norma de cortesía; era un principio moral que garantizaba la convivencia entre los hombres. El cíclope no reconoce esa obligación. Por eso no es únicamente un monstruo físico. Es un monstruo moral.
Circe y Calipso ofrecen otra tentación mucho más sutil. Ninguna desea matar a Ulises. Al contrario: ambas quieren retenerlo. Le prometen descanso, placer e incluso la inmortalidad. Resulta significativo que Homero haga rechazar a su héroe aquello que cualquier ser humano podría desear. Ulises comprende que una existencia eterna carece de sentido si se vive lejos de aquello que da significado a la vida. Prefiere la fragilidad de la condición humana a una inmortalidad sin raíces.
Las sirenas han sido interpretadas durante siglos como el símbolo de la seducción. Sin embargo, su canto promete algo mucho más peligroso: el conocimiento absoluto. Prometen revelar todos los secretos del mundo. Ulises desea escucharlas porque el deseo de saber forma parte de la naturaleza humana. Pero también sabe que ningún hombre puede enfrentarse solo a determinadas tentaciones. Por eso pide a sus compañeros que lo aten al mástil de la nave. La escena constituye una de las imágenes más poderosas de toda la literatura occidental. La libertad no consiste en hacer todo aquello que deseamos, sino en saber cuándo debemos imponernos límites.
El descenso al Hades marca un punto de inflexión. Para continuar el viaje, Ulises debe escuchar a los muertos. Debe aceptar que el tiempo destruye imperios, héroes y ciudades. La muerte deja de ser un episodio para convertirse en una maestra. Solo quien comprende la fragilidad de la existencia puede valorar realmente la vida.
Mientras tanto, en Ítaca, Penélope espera.
Durante siglos hemos reducido su figura a la imagen de una esposa fiel que teje de día y desteje de noche. Sin embargo, Penélope es mucho más que eso. Representa otra forma de inteligencia. Mientras Ulises aprende a sobrevivir en el mundo exterior, ella sostiene el reino desde el interior. También ella libra una batalla, aunque silenciosa. También ella resiste. El poema no contrapone un héroe activo a una mujer pasiva; contrapone dos maneras distintas de enfrentarse al paso del tiempo.
Quizá por eso La Odisea nunca dejó de escribirse.
En el siglo XIV, Dante convierte a Ulises en uno de los personajes más fascinantes de la Divina Comedia. Su Ulises ya no busca regresar a Ítaca. Busca conocer. Navega más allá de las Columnas de Hércules porque considera que el ser humano no ha nacido para vivir como un animal, sino para perseguir la virtud y el conocimiento. Dante admira esa ambición y, al mismo tiempo, la castiga. La curiosidad puede elevar al hombre, pero también destruirlo cuando olvida sus propios límites.
Cinco siglos más tarde, James Joyce comprendió que la verdadera revolución de Homero no estaba en el argumento, sino en la estructura del viaje. Por eso escribió Ulises, una novela que transcurre en apenas un día por las calles de Dublín. No hay cíclopes ni sirenas en el sentido literal. Sin embargo, todo lector reconoce que Leopold Bloom continúa siendo Ulises. Joyce entendió que la epopeya moderna ya no necesitaba mares ni monstruos. Bastaba con observar la vida cotidiana para descubrir que cada ser humano libra, en silencio, su propia odisea.
Y entonces apareció Constantino Cavafis.
Siempre he pensado que nadie comprendió mejor a Homero que aquel poeta alejandrino cuando escribió Ítaca. En realidad, su poema no reescribe La Odisea; la completa. Homero nos cuenta cómo regresar. Cavafis nos explica por qué el viaje era necesario. Nos invita a no desear caminos cortos ni travesías fáciles. Nos recuerda que la riqueza del viaje no reside en el puerto al que llegamos, sino en aquello que aprendemos mientras avanzamos.
Quizá esa sea la razón por la que seguimos leyendo La Odisea casi tres mil años después; no porque todavía nos asombren los monstruos, no porque sigamos creyendo en los dioses del Olimpo.
La seguimos leyendo porque todos, antes o después, nos descubrimos intentando regresar a una Ítaca que ya no existe exactamente igual que cuando la dejamos. El tiempo nos cambia. El dolor nos cambia. El amor nos cambia. También el conocimiento.
Y entonces comprendemos que Homero nunca quiso enseñarnos el camino de vuelta a casa: quiso enseñarnos algo mucho más difícil, que el verdadero viaje no termina cuando alcanzamos el puerto, sino cuando somos capaces de reconocer, en quien regresa, a la persona en la que nos hemos convertido.
Isabel.




